Quítale la bolsa a un juego de palabras y algo desaparece con ella: la coartada, el milagro y todo el drama de la suerte.
Redactado y editado en inglés. Esta versión en español se ha generado mediante traducción automática; cuando la precisión importe, la versión de referencia es el original en inglés. Leer el original en inglés →
Siéntate a jugar al Scrabble y lo primero que tocas es el azar. Cada jugador roba siete fichas de una bolsa de tela, sin verlas, y después de cada jugada repone el atril hasta siete desde esa misma reserva que va menguando. 1 Esas siete letras son todo tu mundo durante el turno. Puedes ser el mejor jugador de la mesa y aun así quedarte mirando IIIUUOV mientras tu rival coloca un bingo sin hacer ruido.
Esto no es un defecto que se les escapara a los diseñadores; es el motor. El robo a ciegas es lo que da al Scrabble su suspense, sus vuelcos y sus discusiones posteriores. También inclina la balanza de forma medible. En un estudio sobre la varianza del juego, el estadístico Andrew C. Thomas comprobó que el robo basta para dar la victoria al jugador más débil con una frecuencia que importa, y por eso precisamente los torneos serios deciden un enfrentamiento a lo largo de muchas partidas: promediando la bolsa hasta que la habilidad vuelve a salir a flote. 2
WordChess introduce un único cambio radical y deja que las consecuencias caigan donde caigan. No hay atril ni bolsa. Cada jugador dispone de la reserva completa de 100 fichas a la vez, todas las letras, todo el tiempo, en un tablero de 25×25, con libertad para intentar casi cualquiera de las 148.941 palabras del diccionario del juego en cualquier turno (según los documentos de diseño del juego). La letra que necesitas nunca está en la bolsa, porque no hay bolsa; ya la tienes en la mano, junto con todas las demás.
Lo que queda, una vez eliminado el robo, se acerca a la información perfecta. Ambos jugadores ven el mismo tablero y manejan el mismo alfabeto. Nada está oculto, nada se reparte. El turno ya no es ¿qué me ha tocado?, sino ¿cuál es la mejor palabra que permite esta posición y en qué situación deja a mi rival? El juego deja de depender en parte de la fortuna y pasa a ser, casi por completo, una competición de vocabulario y colocación.
Quita la bolsa y quitas la coartada. En WordChess puedes perder, pero nunca podrás decir que te lo hicieron las fichas.
Todo juego se sitúa en algún punto del espectro entre el puro azar y la pura habilidad, y ese punto es una decisión deliberada. Los diseñadores añaden aleatoriedad a propósito: para que el juego se mantenga fresco, para dar a los recién llegados alguna opción, para convertir una jugada rutinaria en un momento. La distinción útil, tal como se ha popularizado el planteamiento del diseñador Keith Burgun, es la que separa la aleatoriedad de entrada, la que recibes antes de decidir y en torno a la cual debes planificar, de la aleatoriedad de salida, la que te golpea después de comprometerte. 3 El robo del Scrabble es sobre todo suerte de entrada: las fichas son malas, pero todavía puedes jugarlas con astucia. WordChess baja ese mando hasta el fondo. Como dice un diseñador, «todo gran juego necesita algo de ambas cosas», suerte y habilidad 3; WordChess apuesta a que un juego de palabras puede ser la excepción, a que el vocabulario es un pozo lo bastante hondo como para sostener la experiencia entera por sí solo.
Las ventajas son reales y fáciles de enumerar. El juego es justo en sentido estricto: una habilidad idéntica produce opciones idénticas y a nadie le regala la bolsa 30 puntos por lo bajo. La expresión de la habilidad aumenta, porque cada turno ofrece un abanico más amplio de jugadas y la diferencia entre jugadores no es otra que quién encuentra y coloca la mejor palabra. La planificación se vuelve más profunda, ya que puedes razonar varias jugadas por delante sin que un robo aleatorio te desbarate los planes. Y no hay excusas: una honestidad despiadada. 2
La justicia no sale gratis. El robo es también el lugar donde un juego de palabras guarda sus mejores historias. El bingo milagroso sacado de un atril desesperado; el aspirante que encadena una racha de comodines y roba una partida que no tenía por qué ganar; el campeón humillado por la segunda Q, una ficha que, como señala un análisis sobre la suerte en el Scrabble, cuesta más colocar que la Z, que puntúa igual, de modo que robarla es sencillamente peor suerte. 4 Esa varianza es lo que hace que el juego sea social e indulgente. Da esperanza al jugador más débil y una excusa al más fuerte, y permite que dos amigos de nivel desigual tengan una competición de verdad.
WordChess no ofrece nada de esa clemencia. Sin bolsa a la que culpar, una derrota es un veredicto sin adornos sobre tu vocabulario, dictado sin la ficción amable de que las fichas estaban en tu contra. Esa claridad es todo su atractivo y, para quien apreciaba el juego en parte porque la bolsa podía salvarlo, exactamente lo que falta. 2